La filosofía surge en Grecia, aproximadamente en los comienzos del siglo VI a.C. Como el resto de las culturas antiguas, la cultura griega se asentaba en el Mito, transmitido y enseñado por los poetas, educadores del pueblo, especialmente Homero y Hesíodo. A través de complejas narraciones y doctrinas sobre los dioses y los hombres, sobre las fuerzas que intervienen activamente en los acontecimientos cósmicos y humanos, el mito ofrecía respuestas orientadoras acerca de la naturaleza y destino del ser humano, acerca del origen y las normas de la sociedad en que el individuo humano se halla inserto y acerca del surgimiento y estructura del Cosmos. En los albores del siglo VI a. C y en consonancia con hondas transformaciones de carácter cultural y social, las inteligencias más despiertas sintieron la necesidad de sustituir las explicaciones míticas por otro tipo de explicación justificada de un modo racional.
Surgió así la Filosofía como intento de racionalizar la interpretación del hombre y del Universo, de las relaciones de los hombres entre sí y de éstos con la naturaleza. Si el Mito se caracterizaba por ofrecer respuestas a todos los enigmas fundamentales capaces de inquietar al hombre, la filosofía se caracterizó también por la radicalidad de sus planteamientos. La actitud filosófica es radical en un doble sentido: en cuanto sus cuestiones alcanzan a la totalidad de lo real y en cuanto que pretende llegar a los principios explicativos últimos de lo real. Desde su surgimiento, la Filosofía como actitud crítica y racionalizadora ha constituido un elemento esencial -si no el elemento esencial- dinamizador de nuestra cultura.
La historia de la filosofía desde sus orígenes hasta el final de la Edad Media, es un amplio período histórico de veinte siglos en que cabría distinguir, a su vez, dos períodos o ciclos distintos: el correspondiente a la Edad Antigua y el correspondiente a la Edad Media. Esta subdivisión es, sin duda, legítima. Sin embargo, existen razones de carácter histórico y cultural que permiten considerar a ambos períodos como pertenecientes a un único ciclo filosófico. En primer lugar, considérense las relaciones entre el Cristianismo y la filosofía griega. De una parte, la asimilación de la filosofía griega por el cristianismo tiene lugar en la Edad Antigua: cuando El Imperio Romano se derrumba definitivamente, el pensamiento cristiano de orientación griega, platónica, había conseguido ya una implantación definitiva que culmina en la obra de S. Agustín. De otra parte, la Edad Media prolonga y desarrolla esta actitud asimiladora de la filosofía griega por parte de los pensadores cristianos: como tendremos ocasión de comprobar, el pensamiento Medieval se expresa a través de esquemas y conceptos griegos. En segundo lugar, ha de tenerse en cuenta el carácter específico del pensamiento del siglo XIV, es decir, del final de la Edad Media: la crítica desplegada en el siglo XIV contra los sistemas filosóficos medievales es, en realidad, una crítica dirigida contra los esquemas y conceptos griegos asimilados por el pensamiento cristiano e incorporados a éste desde la Edad Antigua y a lo largo de la Edad Media. El siglo XIV marca una reacción radical contra las bases griegas del pensamiento de los siglos anteriores. Es cierto que el Renacimiento verá un resurgir de los sistemas filosóficos griegos, pero este resurgir -coyuntural, por lo demás- traerá consigo una interpretación de la filosofía griega de signo muy distinto de la interpretación medieval de la misma.
Las dos fuerzas que más radicalemente informan nuestra cultura son la filosofía Griega y el Cristianismo. Hoy podemos ser griegos o antigriegos, cristianos o anticristianos, pero en modo alguno podemos ser ni bárbaros ni paganos. El estudio de la Historia del pensamiento occidental mostrará la profunda verdad de esta afirmación.
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